Inteligencia, una primera definición

La inteligencia es, probablemente, el rasgo latente más estudiado de la Psicología científica. Latente, pero abrumadoramente ostensible en la vida cotidiana. Sociólogos como Linda Gottfredson (1997) o Robert Gordon (1997) han mostrado, sirviéndose de multitud de accesibles ejemplos y evidencias empíricas, que la vida es, de hecho, un larguísimo test de inteligencia. Un test en el que algunos individuos resuelven correctamente un elevado número de preguntas, mientras que otros no tienen tanto éxito. Un test que es relativamente sencillo para algunos y bastante complejo para otros.

La Asociación Americana de Psicología publicó hace casi 20 años, en 1996, un informe de consenso sobre el estado del conocimiento científico con respecto a este rasgo latente (Antonio Andrés-Pueyo y yo mismo ofrecimos la traducción de ese artículo en ‘Ciencia y política de la inteligencia en la sociedad moderna’). Su lectura debería ser obligatoria para cualquier psicólogo en formación, y, por supuesto, para quienes usen, regularmente o no, medidas estandarizadas de inteligencia en su actividad profesional.

“La inteligencia es una capacidad mental muy general que, entre otras cosas, implica la capacidad para razonar, planificar, resolver problemas, pensar de modo abstracto, comprender ideas complejas, aprender con rapidez y aprender de la experiencia”.

En 2012, esa asociación actualizó los contenidos de ese informe, pero el resultado dista mucho de atesorar la calidad del original. El equipo, dirigido en este caso por Richard Nisbett, confiesa que no se perseguía ningún consenso. El artículo publicado sobre la inteligencia ese mismo año por Ian Deary en el Annual Review of Psychology (y que he comentado anteriormente) permite complementar algunas lagunas sustanciosas del informe de Nisbett y asociados.

En 2014 se han publicado varios artículos breves en la revista Intelligence sobre la enseñanza de contenidos vinculados a este rasgo latente. Entre los autores que han contribuido al monográfico se encuentran Douglas K. Detterman, Earl B. Hunt, Robert J. Sternberg, Richard J. Haier, o N. J. Mackintosh. En otro foro comenté algunas de esas contribuciones, que, en esencia pueden resumirse así: La inteligencia, como contenido en la formación de los psicólogos, se ha convertido en una especie en extinción, lo que, haciendo una analogía, equivale a entrenar cirujanos omitiendo contenidos de anatomía y fisiología.

Qué es la inteligencia

Cuando, amablemente, se me invita a impartir una conferencia sobre inteligencia, suelo comenzar aclarando que, en contra de lo que suele pensarse, los científicos poseemos una sólida definición sobre la inteligencia. Esa definición se puede encontrar en otro informe de consenso, publicado en 1994 en el Wall Street Journal, y en 1997 en la revista ‘Intelligence’ con comentarios, por parte de Linda Gottfredson, sobre su interesante gestación.

Esta es la definición:

La inteligencia es una capacidad mental muy general que, entre otras cosas, implica la capacidad para razonar, planificar, resolver problemas, pensar de modo abstracto, comprender ideas complejas, aprender con rapidez y aprender de la experiencia”.

Los 52 científicos, especialistas en inteligencia, que suscriben ese breve informe de 25 puntos, subrayan que no es más inteligente quien posee más conocimientos (lo que denota inteligencia es su uso), o quien destaca en una determinada materia escolar (saber resolver problemas de aritmética es útil, pero es solo signo de poseer una habilidad), o quien se muestra hábil al resolver test (el coaching posee un efecto bastante magro y situacional). Más bien, la inteligencia expresa “una capacidad más amplia y profunda para comprender el ambiente –darse cuenta, dar sentido a las cosas, o imaginar qué se debe hacer”.

Es fácil admitir que el carácter muy general de la inteligencia facilita comprender por qué es tan penetrante socialmente. La evidencia empírica acumulada durante más de 100 años permite concluir que el rendimiento valorado por un test estandarizado que mida inteligencia “se relaciona de modo robusto con varios resultados sociales, económicos, ocupacionales y educativos, probablemente en bastante mayor medida que cualquier otro rasgo humano”.

Quizá convenga subrayar el hecho de que las ventajas sociológicas de poseer un mayor nivel intelectual se acentúan con el aumento de la complejidad de las situaciones vitales. La sociedad del siglo XXI camina inexorablemente en esa dirección.

El impacto social de la inteligencia

Aunque quizá podamos revisar en otros post los sorprendentes detalles que convierten a la inteligencia en una importantísima dimensión para comprender la conducta humana, veremos ahora dos ejemplos.

El primero se vincula a la denominada ‘epidemiología cognitiva’. En 2009 se publicó un número monográfico en la revista ‘Intelligence’ con una serie de contribuciones en las que se demostraba que las diferencias individuales en este rasgo se asocian significativamente a una mayor longevidad y a una mejor salud física y psicológica. Al presentar ese número escribía Ian Deary: “la gente de alta capacidad intelectual vive más tiempo y adopta espontáneamente estrategias que preservan su salud”.

El tipo de evidencias puestas encima de la mesa puede ejemplificarse con un estudio longitudinal hecho en Suecia en el que se sometió a seguimiento a un millón de individuos durante veinte años. El informe es rico en detalles, pero puede resumirse así: un individuo con un CI de 115 (una puntuación una desviación típica por encima de la media) presenta un 24% de reducción del riesgo de haber fallecido en el seguimiento cuando se compara con un individuo con un CI de 100 (puntuación promedio). Si se compara a los individuos situados en la parte alta de la distribución poblacional de CI con los ubicados en la parte baja, entonces los primeros presentan una reducción del riesgo en un 60%, incluso al controlar estadísticamente variables tales como la estatura, el peso, la presión sanguínea, el nivel socioeconómico de la familia de origen o la presencia de trastornos físicos y psiquiátricos.

El Chairman de la World Health Organisation’s Commission on Social Determinants of Health, Michael Marmot, declaró a raíz de la publicación de ese informe: “este estudio sobre la función cognitiva deja claro que lo que sucede en la mente, independientemente de que las influencias provengan del mundo material o social, debe tenerse en cuenta si se desea comprender cómo influyen las circunstancias socioeconómicas en la salud y el bienestar”.

Una de las consecuencias prácticas de esta clase de investigación es que igualar el acceso ‘material’ al sistema sanitario aumentará las desigualdades, mientras que asegurar el acceso ‘cognitivo’ reducirá esas desigualdades, sencillamente porque la primera estrategia beneficia a las personas de mayor nivel intelectual mientras que la segunda beneficia a las de menor nivel intelectual.

El segundo ejemplo se refiere a los accidentes de tráfico. En 1990 Brian I. O’Toole publicó un informe derivado del estudio de 45.000 individuos. Además de su nivel intelectual se consideraron otras cincuenta y seis variables vinculadas a la salud, el nivel educativo, el consumo de alcohol o el historial delictivo. Cuando se introdujeron todas esas variables en un análisis de regresión se llegó a la siguiente conclusión: por cada 10.000, 51 personas fallecían a consecuencia de un accidente de tráfico si su capacidad intelectual era de 115 o más, mientras que la cifra ascendía a 145 si su capacidad intelectual era de 85 o menos. Por tanto, los individuos más inteligentes están menos sujetos a ponerse en una situación de alto riesgo al conducir un vehículo. Las estrategias de prevención de accidentes quizá deberían considerar la variabilidad en este rasgo latente.

Conclusión

En alguna ocasión hice una analogía entre el sistema solar y la relevancia de los constructos más característicos en Psicología. De acuerdo con esta analogía, la inteligencia sería el Sol del sistema psicológico, mientras que los demás constructos y rasgos girarían a su alrededor a mayor o menor distancia. La vida psicológica depende, en buena medida, de cómo sea ese Sol.

La extraordinaria variabilidad de la inteligencia en la población ayuda a comprender la mayor parte de los fenómenos por los que se interesa la Psicología. Desgraciadamente, es un rasgo que se olvida con demasiada facilidad y escandalosa frecuencia.

15 thoughts on “Inteligencia, una primera definición

  1. El post es, sin duda, interesante y bien argumentado. Llama la atención lo de “tenemos una definición sólida” cuando se dice ““la inteligencia es una capacidad mental muy general que, entre otras cosas, implica…”. La conclusión es siempre la misma: no lo sabemos. Si se dice que es una “capacidad mental muy general”: ¿qué es esto? Y se se dice “que, entre otras cosas, implica…”: ¿qué otras cosas? ¿Cuántas? ¿Cuáles?
    La inteligencia es un constructo díficil de asir, difícil de definir, cambiante, con diferentes versiones por parte de diferentes autores, etc. El reducir la inteligencia al CI todos sabemos que es eso: una reducción inexacta.
    Una prueba como la de Wechsler [o cualquiera] siempre tendrá importantes dificultades. En clínica muchas. Entre ellas, la de que cualquier paciente que tuviera un cuadro focal neurocognitivo tendrá siempre caídas en muchas pruebas que conforman el test, por lo que su puntuación final será “deficitaria” sin nada tener que ver con la inteligencia [niños con trastornos visoespaciales del desarrollo, con cuadros disejecutivos del desarrollo, con alteración de funciones integrativas, etc., que SÓLO tienen eso, puntuarán bajo sin tener nada relacionado con “inteligencia”; adultos con lesiones focales, con trastornos neurocognitivos específicos, lo mismo].
    Es un tema, sin duda, complejo. Es un tema en el que me da la impresión de reiterarnos siempre en lo mismo: una definición “exacta” y poder llevar esta definición a una exploración exactamente de eso que queremos evaluar y no de otra cosa.
    De nuevo, enhorabuena por el post. Un saludo y buen día. Pablo

    • Hola, Pablo!

      A falta de que Roberto nos hable de la definición, quería comentar una cosa que me queda más cerca. Me parece muy interesante lo que comentas sobre las dificultades que presentan muchos tests ante numerosos trastornos o enfermedades.

      Hay un test muy consolidado y sólido al que le pasa algo parecido: el “test de la masa”. Si queremos saber cuál es la masa de un paquete, solo tenemos que pesarlo. Pero da la casualidad de que si nos llevamos uno de esos *tests de la masa* (una báscula) a la Estación Espacial Internacional, veríamos que no funciona. De las misma manera, Los tests de inteligencia estiman la misma por su efecto en distintas muestras objetivas y basándose en determinados supuestos: si esos supuestos no se cumplen (porque hay otras variables que afectan a esas muestras, por ejemplo), el test no se puede aplicar a esas circunstancias.

      La pregunta que habría que hacerse es si la inteligencia tendría utilidad clínica en esos casos (por ejemplo, para estimar que parte de la distorsión se debe al trastorno neurológico y que parte a la propia inteligencia) o no. Y si es que sí, ponernos a buscar o desarrollar tests que funcionen en estas nuevas circunstancias.

      Me quedo dándole vueltas. Gracias por el comentario 😉

      • Hola, Javier. Está claro que el constructo toma sentido en el momento en el que lo llevas a condiciones iguales o en las que ha sido probado. En clínica tomar como referencia la puntuación en cualquier prueba [la que sea] como definitorio de algún aspecto concreto no tiene sentido y va en contra del razonamiento clínico. La puntuación final de un test como el WAIS no puede ser equiparada directamente con algo concreto. No diagnosticamos a un paciente de un Tno del Desarrollo de la Inteligencia [tómese aquí cualquiera de los términos] por una puntuación determinada: los criterios DMS o similares no nos sirven.
        Y el problema vuelve a ser que todos hablamos de cosas diferentes cuando hablamos de inteligencia [y no hablo de la mass media, obviamente], tanto teóricos como clínicos.
        Un saludo!

    • Magnífica entrada para variar en este genial blog.

      Por curiosidad Pablo ¿por qué das por hecho que los déficit focales y demás sindromes no afectan secundariamente a la inteligencia, aunque sea minimamente? Yo creo que si sumas en el tiempo todos esos trastornos neurocognitivos en un mismo paciente se hacen evidentes sus efectos aditivos sobre la inteligencia, como en muchas demencias. Otra cosa es que la medida sea fiable en estos casos, pero eso no afecta en si a la validez del constructo.

      • Hola! No es que piense o no que no afectan a la inteligencia. Mi problema fundamental es la definición. Si tomamos la definición de inteligencia en el sentido, por ejemplo, que hace el Prof. Colom, alteraciones de procesos y funciones ejecutivas como consecuencia de cualquier etiología [vascular, tumoral, cromosómica, desmielinizante, etc.] ya afectarían a la inteligencia [digo siguiendo esa definición]. Por ello, muchos pacientes que atendemos diariamente tendrían “déficit o disfunción de inteligencia”; los adultos por lesiones específicas; los niños por trastornos del neurodesarrollo [y en ambos grupos, niños y adultos, por cualquier otra causa como las neurodegenerativas].
        Un saludo. P

        • Pablo esa era mi pregunta ¿y por qué no lo van a tener? Quizá una lesión mínima, como un microinfarto, sea totalmente silente para el clínico, pero ve sumando microinfartos y acabarás en una demencia vascular. Entre el microinfarto inicial y la discapacidad final lo lógico es pensar que la pérdida de función intelectual se ha ido produciendo de forma gradual con cada nueva lesión y con cada nuevo déficit neuropsicologico, como en la enfermedad de pequeño vaso. Esto mismo podría ocurrir con otras lesiones sea cual sea su etiología, y con independencia de que exista progresión. Quizá tus pacientes si tengan ese déficit intelectual, aunque sea de forma ínfima e insignificante en muchos casos. En otros quizá sí sea algo a considerar.

          • No digo que no lo tengan. El tema de inteligencia, Aitor, me supone importantes problemas clínicos y no sólo es algo que me pase a mí sino a otros neuropsicólogos. Si cualquier déficit cognitivo -sea el que sea- supone “pérdida” intelectual, entonces todo paciente que tenemos tiene déficit intelectuales. Pero si la inteligencia es “otra cosa” diferente a los dominios cognitivos en sí, entonces hablamos de otra cosa. Como siempre estamos ante la definición que define lo que decimos. Un saludo. P

  2. Buenos días,

    Me parece interesante que se publique un artículo como este sobre un fenómeno psicológico complejo como es la ‘inteligencia’.

    Brevemente, diré que comparto la opinión de Pablo Duque. La inteligencia, a día de hoy, dista de ser un constructo científico del que tengamos una definición exacta, acabada y menos aún única, quizás ni siquiera sea correcto o conveniente aspirar a ello, el desarrollo de la ciencia psicológica y la falsación de sus resultados, por lo demás siempre provisionales, apunta o apuntará hacia soluciones más o menos útiles y correctas.

    Hay dos afirmaciones, al parecer, provenientes de las conclusiones de varios estudios, que el autor parece utilizar como prueba de algo seguro y cierto sobre el tema y, en mi opinión, quizá no lo sean tanto: “este estudio sobre la [función cognitiva] deja claro que [lo que sucede en la mente], [independientemente de que las influencias provengan del mundo material o social], debe tenerse en cuenta si se desea comprender [cómo influyen las circunstancias socioeconómicas] en la salud y el bienestar”.
    En primer lugar, en este caso ‘inteligencia’ se identifica como ‘función cognitiva’, una de sus posibles componentes o factores explicativos, pero seguramente no el único, ni tampoco concretamente, pues ¿de qué función cognitiva en concreto estamos hablando? ¿es única? Luego está la cuestión de plantear la existencia de una función psicológica como independiente de sus circunstancia o del contexto, algo muy poco creíble en psicología, y hasta diría que en la ciencia en general. Además está la cuestión lógica de hasta qué punto no implica un cierto contrasentido tratar de comprender cómo influye una circunstancia, socioeconómica, en la salud de las personas, a través de la influencia de algo supuestamente ajeno a las circunstancias.
    El segundo resultado, afirma que ‘por cada 10.000 personas, 145 morían en un accidente de tráfico si su CI era igual o menor de 85’, ¿esta proporción es suficiente para concluir que los individuos más inteligentes tienden a exponerse a menos riesgos? Asumiendo la bondad del método de análisis utilizado para llegar a esa conclusión, el análisis de regresión, no deja de plantearme ciertas dudas sobre si será el único factor que explicaría la muerte en accidente de tráfico de esas 145 personas.

    Con todo, me parece necesario tratar el tema y abrirlo al conocimiento del público no especializado, y en mi opinión todavía lejos de presentar resultados exactos, acabados o unívocos.

    • Corrijo:
      la primera afirmación “este estudio sobre la función cognitiva deja claro que lo que sucede en la mente, independientemente de que las influencias provengan del mundo material o social, debe tenerse en cuenta si se desea comprender cómo influyen las circunstancias socioeconómicas en la salud y el bienestar” no afirma la independencia de la mente de las influencias del contexto.

      Sobre el resto mantengo las dudas planteadas y mi valoración general positiva del artículo.

      Gracias y disculpad la equivocación.

    • Totalmente. Hay una pregunta clara que no sé si tiene una respuesta: ¿es la inteligencia una “función” diferente a otras funciones o dominios cognitivos? Si es así: ¿qué? ¿Y cómo evaluar ese qué porque, por ahora, se utilizan los mismos instrumentos que para evaluar funciones neurocognitivas?
      Un saludo. P

  3. Gracias por los comentarios.

    La investigación hecha hasta ahora ofrece una visión operativa de los factores que, en concreto, conforman el constructo inteligencia. La respuesta a cuántos y cuáles se puede encontrar en, por ejemplo, la obra magna de J. B. Carroll (Human cognitive abilities. A survey of factor analytic studies. Cambridge University Press, 1993). Un resumen del estado actual se publicó en 2009 en la revista ‘Intelligence’ (http://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0160289608000986).

    Los científicos que trabajamos en este campo no reducimos el constructo inteligencia al CI. El CI es un indicador, bastante preciso, de la competencia general del individuo, pero su inteligencia está compuesta por un elevado número de capacidades, desde aquellas que se consideran de muy bajo nivel (basadas en factores vinculados a la velocidad mental) a las de altísimo nivel, como la inteligencia fluida, pasando por la percepción acústica y visual, o la memoria y el aprendizaje. Estas capacidades (más de 60) son medibles con pruebas estandarizadas que pueden ayudar al clínico en su trabajo de evaluación. Hay capacidades más y menos importantes.

    Ángel Rivière, quien, como se sabe, era considerado un experto mundial en autismo, me confesaba, en una de nuestras conversaciones, que, en su práctica clínica, administrar el Wechsler le ayudaba a obtener una rica y sistemática información sobre las potencialidades y debilidades específicas de los chavales. Baterías de evaluación como el Wechsler van más allá de la puntuación general de CI. De hecho, David Wechsler era clínico y preparó su primera batería según su utilidad para el diagnóstico. La investigación posterior ha ido incorporando los avances en la investigación.

    Finalmente, sin extenderme más de lo deseable, quisiera comentar que (a) la inteligencia es una capacidad integradora (de ahí la naturaleza jerárquica de los modelos actualmente vigentes), (b) las tendencias observadas en la población ayudan a valorar los casos clínicos (por ejemplo, una discrepancia significativa entre capacidades que suelen estar sustancialmente relacionadas), (c) la investigación señala que las capacidades valoradas por las baterías de inteligencia se encuentran asociadas a determinadas lesiones locales en el cerebro (ejemplo: http://www.pnas.org/content/107/10/4705.short), (d) el factor inteligencia puede usarse a distintos niveles; el clínico es solamente uno de ellos, (e) los enlaces incluidos en el post permiten ampliar la breve información ofrecida; merece la pena prestarles atención.

    Probablemente habrá oportunidad de desarrollar en este mismo foro algunas de las ideas expuestas en el post (por ejemplo, la relevancia epidemiológica de este factor psicológico, la mejora de las capacidades mediante intervenciones, su sustrato neuroanatómico y funcional, o sus cambios durante el ciclo vital).

    Saludos, Roberto

  4. Hola. Desconozco los criterios clínicos de Wechsler y de Rivière, los cuales no eran neuropsicólogos sino especialistas en otros aspectos de la Psicología. Entiendo que hay muchas publicaciones y referencias que todos podemos nombrar acerca de determinados aspectos [como por ejemplo relación entre puntuaciones de test y lesiones focales], tanto en un sentido como en otro, en los que habría que considerar metodología y qué variables esenciales son dejadas de lado o, al menos, no consideradas.
    La clínica supone dar respuestas rápidas [no hablo de minutos, obviamente] y si tenemos que explorar a todos los pacientes dedicando muchísimo tiempo nos encontraríamos que sólo podemos atender a unos pocos en la vida. En Neuropsicología la pregunta que hay que contestar es clara: existe algo patológico que haga que el paciente presente los déficit que presenta y que le traen a consulta. Esto, si cabe, es más claro en los niños, donde no suele haber etiología conocida para los déficit cognitivos que le traen a consulta. La exploración es clínica y siempre será clínica. Las pruebas que utilizamos son “prueba complementarias” que, en sí mismas, nada indican fuera de la anamnesis y de la exploración clínica. Son, como su nombre indica, complementarias. Para explorar la cognición hay que someter -obviamente- a los pacientes a pruebas, pero no se puede confundir la exploración con realizar pruebas. Además, la gran mayoría de pruebas tienen tantos y tantos componentes cognitivos para su realización adecuada que llegar, mediante su puntuación, a una conclusión, es imposible. Sólo la exploración clínica [funciones, procesos, signos patológicos, etc.] es la que nos hace tomar decisiones clínicas.
    Sobre los últimos puntos, algunas consideraciones:
    (a) “la inteligencia es una capacidad integradora (de ahí la naturaleza jerárquica de los modelos actualmente vigentes)”. Totalmente de acuerdo.
    (b) las tendencias observadas en la población ayudan a valorar los casos clínicos (por ejemplo, una discrepancia significativa entre capacidades que suelen estar sustancialmente relacionadas). No estoy de acuerdo. Puede “apoyar” siempre y cuando ya conozcamos la anmnesis y la exploración clínica.
    (c) la investigación señala que las capacidades valoradas por las baterías de inteligencia se encuentran asociadas a determinadas lesiones locales en el cerebro (ejemplo: http://www.pnas.org/content/107/10/4705.short). No estoy de acuerdo. Esto es algo que en la clínica diaria no vemos y hay mucha discrepancia entre unos casos y otros, aunque haya lesiones focales igual en los casos evaluados.
    (d) el factor inteligencia puede usarse a distintos niveles; el clínico es solamente uno de ellos. Totalmente de acuerdo. Yo llamo la atención a ese nivel porque es mi profesión, no porque sea el único.

    Gracias por sus comentarios y, de nuevo, por el post. Pablo

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