¿Por qué no mentimos más? Psicología de la mentira

¿Cuándo mentimos? En general –y descartando patología– , cuando nos ayuda a conseguir nuestros objetivos más fácilmente que diciendo la verdad.  Eso supone, uno, que la mentira no es la opción por defecto en nuestras interacciones y, dos, que la mentira está orientada a objetivos (Levine, Kim, & Hamel, 2010).

Parece ser que en la sociedad actual, especialmente en adultos, la mentira es más bien infrecuente. La mayor parte de las personas la considera innecesaria o la ve como inapropiada. Los datos de autoinforme (limitados, desde luego, pero no disparatados: la gente parece ser honesta cuando se le pregunta sobre sus mentiras; Halevy, Shalvi & Verschuere, 2013) señalan que la mayor parte de las personas afirma apenas mentir y, en la misma línea, que unas pocas personas son responsables de la mayor parte de las mentiras que se producen. En población estadounidense, se estima que el 5% de la población es responsable del 50% de las mentiras generadas (Serota, Levine, & Boster, 2010). En población de Reino Unido (Serota & Levine, 2014), la media de mentiras inocentes al día se sitúa en 1.66 (desviación típica = 2.37, mediana = 1, moda = 1) y 0.41 mentiras grandes al día (DT = 1.83, Mdn = 0, moda = 0). Si bien los adolescentes tienden a mentir en mayor medida (Levine, Serota, Carey, & Messer, 2013), eso no cambia la idea general: la mayor parte de la gente tiende a ser honesta la mayor parte del tiempo.

Pero esto abre la puerta a la pregunta de por qué la verdad parece ser la estrategia comunicativa por defecto, por qué la mentira es el plan B. Hay un dato bien establecido en la investigación en este campo que nos llevaría a esperar que la mentira estuviera mucho más extendida: detectar a un mentiroso es francamente complicado.

Parece ser que en la sociedad actual, especialmente en adultos, la mentira es más bien infrecuente. La mayor parte de las personas la considera innecesaria o la ve como inapropiada. La mayor parte de la gente tiende a ser honesta la mayor parte del tiempo.

Imaginemos que nos ponen delante a dos personas contando una historia personal y nos indican que una está diciendo la verdad y la otra nos intenta colar una mentira. En un caso así, nuestra capacidad para distinguirlas no será mucho mejor que dejar que la decisión venga por una moneda lanzada al aire. Acertaremos el 54% de las veces, frente al 50% de la moneda (Bond & DePaulo, 2006). Y este 4% de ventaja frente al azar no se deberá a nuestro olfato para captar señales sutiles, sino a que hay unas pocas personas francamente malas mintiendo, los «mentirosos transparentes» (Levine, 2010). De hecho, aquellas personas que, por profesión, uno supondría como especialmente capacitados para detectar a mentirosos (policías, fiscales…) no lo hacen mejor que la población general. Estos profesionales siguen siendo poco mejores que la moneda, pero confían en mayor medida en sus estimaciones de credibilidad/falsedad.

¿Por qué somos tan malos detectando a los mentirosos? Tres son los motivos principales. Primero, porque nuestras ideas sobre qué hay que evaluar para pillar a un mentiroso son erróneas. Es un curioso caso de universal cultural equivocado (The Global Deception Research Team, 2006). Consideramos que la mentira deja señales no verbales, como evitar la mirada o ponerse nervioso. Sin embargo, estas son señales de poca utilidad. La medida en la que uno está nervioso en un control de alcoholemia de la Guardia Civil, por ejemplo, no tiene mucho que ver con el alcohol en sangre. Segundo, porque lo que nos lleva a desconfiar de la gente, en gran medida, es su ‘pose’ general. Hay quienes, en el caso de tener que desconfiar, reúnen todos los puntos para entrar en el foco, con independiencia de qué hayan hecho (Levine et al., 2011). Hay quien lleva la mala pata de ser siempre sospechoso habitual. Al otro lado, los que aparentan ser eternos inocentes. Tercero, porque cuando hablamos con la gente casi lo último que se nos pasa por la cabeza es que nos puedan estar mintiendo. Como decir la verdad es la conducta por defecto, asumir que las otras personas tampoco mienten es un valor de partida (Levine, 2014).

Nótese que estamos hablando de detectar a un mentiroso ‘sobre la marcha’. A los mentirosos, fuera del laboratorio, se les acostumbra a cazar a posteriori, porque ellos mismos confiesan, porque una tercera persona nos pone sobre aviso o porque algo empieza a no cuadrar y vamos recomponiendo el puzzle (Park, Levine, McCornack, Morrison & Ferrara, 2002). El cazar a un mentiroso suele ser un proceso de días o meses. Y se hace largo, entre otras causas, porque el primer paso es romper esa tendencia a asumir veracidad.

Tenemos, pues, que mentir nos puede llevar a conseguir nuestros objetivos y que, aparentemente, el riesgo de ser cazados no es demasiado alto. Así que volvemos a la pregunta de por qué no engañamos más. Intentaré ilustrarlo con un ejemplo, alejado del campo de la mentira.

Imaginémonos con nuestra pareja en dos escenarios diferentes y estimemos la probabilidad de un encuentro sexual tras nuestra pregunta:
Escenario A: «Cariño, ¿un poco de sexo?»
Escenario B: «Cariño, ¿un poco de sexo y te pago 5 euros?»

Casi todos concordaremos en que la probabilidad de sexo con la pregunta B es marcadamente más baja que la que sigue al escenario A. Esto ilustra que el dinero no siempre estimula la motivación.

¿Por qué un incentivo adicional, el dinero, reduce la motivación? Desde una mirada poco psicológica, el escenario B suma motivadores a los ya presentes en el A. Sin embargo, el plantear dinero por sexo cambia por completo la naturaleza la relación entre ambas personas. De este modo, el fuerte incentivo presente en la situación A (disfrute en una relación afectiva) desaparece en el escenario B, donde queda como único acicate el monetario, que ni es muy generoso ni encaja con la identidad personal de quien escucha la oferta.

El modelo económico más simplón (y, por ello mismo, descartado por los economistas), según el cual las personas buscamos maximizar beneficios monetarios, es fácilmente desmontable. Tenemos la necesidad de mantener una imagen satisfactoria de nosotros mismos. Y dentro de esa imagen figura de modo preferente nuestro compromiso con valores como la honradez. En una escala donde 0 = Ninguna importancia y 10 = Mucha importancia, los jóvenes españoles puntuaron con un 9.04 la honradez, de los valores más apreciados (CIS, 2001).

Así que el límite de la mentira lo va a poner el balance entre qué ganamos con ella y qué perdemos de imagen personal. La línea investigación de Ariely y colaboradores ilustra especialmente bien esta idea. En uno de sus experimentos, los participantes eran pagados según la cantidad de pequeños problemas matemáticos que eran capaces de resolver. En una condición, era el experimentador quien corregía la tarea y, así, establecía cuánto dinero habían de recibir; en otra, eran los propios participantes quienes se autoevaluaban y determinaban su recompensa. En este segunda condición, los participantes destruían sus hojas de respuesta y, con ello, quedaba claro que si inflaban su número de aciertos no había rastro de ello. Dos resultados destacan. Primero, la gente no hinchó sus resultados tanto como habría resultado posible. La posibilidad de mentir y, así, ganar dinero no llevó a multitud de tareas todas ellas perfectamente rellenas. Los participantes tensaron la cuerda, pero no mucho. Segundo, cuando se pidió a los participantes de ambos grupos que se valoraran en su nivel de honradez, el grupo que no había podido mentir y el que sí lo había hecho (pero no demasiado) no diferían. El grupo donde se había dado el engaño se considera tan honesto o moral como el grupo que no había engañado (Mazar, Amir, & Ariely, 2008). Pequeñas dosis de mentira no ponen en riesgo nuestro autoconcepto porque, sin demasiados problemas, podemos justificarnos: «El experimentador me explicó mal la tarea. Si lo hubiese hecho bien, habría resultado bien algunos problemas más, así que solo estoy cogiendo aquello a lo que tengo derecho», «Hoy estoy con sueño. En realidad, yo de normal haría algún problema más»…

Así que el límite de la mentira lo va a poner el balance entre qué ganamos con ella y qué perdemos de imagen personal

Esta conceptualización de nuestra tendencia a mentir es rica en predicciones teóricas. Por ejemplo, activar la dimensión moral reduce la conducta deshonesta; quien ha obrado de forma inmoral y ya ha pagado el precio de autoconcepto es muy probable que siga con acciones deshonestas; las personas más creativas pueden generar más fácilmente autojustificaciones para su deshonestidad y, por ello, mentirán más; la medida en la que nuestro grupo de referencia actúe de forma inmoral, así lo haremos nosotros…

También tiene implicaciones sociales relevantes. Dentro de nuestra autovaloración está el vernos como honrados, pero también el no vernos como unos pringados. Si asumimos que a nuestro alrededor la mentira está muy extendida (sea eso real o no, hablamos de percepciones), se nos hará cuesta arriba el ser honrados. Especialmente, cuando quienes fallan son líderes de quienes esperábamos rectitud. Cada político o empresario corrupto nos hace un poco peores a todos, porque lanza el mensaje de que la honestidad es una forma de ser estúpidos, lo que casi nadie desea.

Recapitulando, ¿por qué mentimos? Porque a veces nos viene bien, porque probablemente no nos van a cazar y porque podemos convivir sin problemas con pequeñas dosis de deshonestidad propia. No mentimos más porque, en general, no nos hace falta, ya que con la verdad solemos conseguir nuestros fines, y porque la mentira pondría en riesgo nuestro autoconcepto.

Pensemos en un modelo de sociedad en el que no pudiéramos asumir por defecto veracidad en aquellos con quienes nos relacionamos. Todo el esfuerzo invertido en detectar a los deshonestos se detraería de acciones cooperativas y orientados a nuestro bienestar y desarrollo.

 

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9 thoughts on “¿Por qué no mentimos más? Psicología de la mentira

  1. Muy interesante, pero la resolución de la web es imposible…
    Reduce el tamaño de fuente y acorta la longitud de línea si no quieres lectores ciegos.

  2. Gracias por el artículo.

    Me ha hecho mucha gracia leerlo. Mi trabajo de fin de grado fue sobre la mentira y hablé de, prácticamente, esto (desde otro enfoque, pero esto. ¡Con las mismas referencias, además!)
    Se agradece leerlo con otras palabras.

    Un saludo.

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